Un relato de la autoría de Norberto Pirri, para rendir homenaje a aquellos que construyeron nuestro país y nuestra provincia. Don Francisco Pirri (El gringo) Carnicero de profesión.

En estos pueblos es relativamente sencillo inducir un negocio. Mi amigo Luis Bernardi dice que si vos queres vender algo, debes correr la bola de que estás muerto, que no tenés un mango y las deudas te aprietan. Las ofertas de compra te llueven, todos vienen a sacar ramas del árbol caído.
En el sentido inverso, si las cosas te van bien y tenés trabajo, todos te quieren vender algo.
A mis viejos no le podía ir mejor. Empezaron la construcción de su propia carnicería.
–Una puerta para entrar y otra para salir. Todo azulejado y un ”mostradore” de seis metros de largo con mármol blanco. -el sueño de mi viejo-
A cada cliente se lo describía orgulloso. Les contaba lo bien que los iba a poder atender y de como se acomodarían mejor las cosas de almacén y las verduras y las frutas y… 
Se levantaban las paredes del nuevo negocio y las ofertas de terrenos mejores, chacras, campos y cuanta cosa se vendiera en el pueblo, le llegaban al viejo.
Creo que si no le hubiera puesto algún freno mi vieja, todavía estaríamos pagando algún campo.
A buen ritmo Francisco Corona y Aurelio Zanne, construían la ya famosa carnicería. Pero el ideólogo y diseñador del toro, que caracterizó el edificio durante toda la vida, fue Corona.
–Yo te lo dibujo y te lo muestro. -dijo con entusiasmo a mi viejo-
Aprobado el proyecto, pusieron manos a la obra y fue tomando forma un hermoso ejemplar de la raza Herefor astado. Tantas veces subió y bajo de esa escalera Corona, dibujaba en la pared y con la cuchara, rellenaba a la bestia de cinco metros de largo, por dos de alto en el tremendo cogote, que de alguna manera representaba la fuerza, el empuje y la garra del dueño.
El día esperado llegó. Miércoles dieciséis de Junio de 1960. Como en el día de la patria, lloviznaba finito, lindo invierno, de los de antes.
El mostrador memorablemente presentado con la mejor carne, las comunes de almacén y las novedades en frutas y verduras que personalmente, una vez por semana, traía mi viejo de Bahía Blanca.
Con el sol alto las clientas del pueblo ya se juntaban en la carnicería.
¡Como le gustaba al viejo ver el negocio lleno de gente!. Siempre con respeto, alegre, jamás demostró cansancio.
–Siñorina, que va llevar. -si la clienta era joven-
Cuando por la edad podía ser:
–Bon día, suegra. ¿Come sta?.
Con las mayores el tono diferente, calmado… cariñoso…
–Abuela… ¿Qué le vendo hoy?…
Posiblemente, en cada una de ellas veía la suya, tan lejana.
Presumía siempre de la carne que ofrecía.
–No me dé vaca. -se quejaba alguna-
–Ma` nooo… Boccaditto di cardenale.
–Mire que la otra vez no lo pudimos comer. -mentía la clienta para devolverle lo de suegra-
–¡¡¡No pode ser!!!…. Esto e` vittelino. -decía con un trozo de carne en la mano-
Y eternamente entre cliente y cliente el trapo rejilla recorría el mostrador, la balanza y más de una vez, por debajo de algún hueso que ponía nuevamente en el lugar. 
Cerca del mediodía, el ritmo aflojaba. Aprovechaba para ordenar la verdura o tomar un mate caliente que le alcanzaba mi vieja, o algún amigo que pasaba a saludar y se quedaba un rato. 
No faltó la clienta que compró bananas para ver como eran, y volvió a reclamar que habían resultado una fruta de puro carozo y la cáscara muy amarga.
Con mucha paciencia, tuvieron que explicar como se cocinaban los alcauciles, y que eran las paltas.
Los pollos de criadero y los lácteos no se conseguían en cualquier lado. El yogurt era solo con sabor a vainilla y venía en un envase petiso de vidrio, que había que devolver.
Lo que le pedían, lo conseguía. Aunque fuera para un solo cliente.
Muy pronto se transformó en paseo de compras, no solo de los cajetillas de Beltrán sino de las localidades vecinas. La mejor pilcha y los autos de último modelo, desfilaron por el negocio del viejo.
–La carnicería de los ricos… – se comentaba en el pueblo- 
–¿Porqué‚ ese apodo?.. -Preguntó mi vieja, preocupada- Si acá la carne vale igual que en otro lado.
No les gustó que se hicieran esa idea, porque ya mis viejos sabían, que los que gastan en comida, no son los de cuello duro, sino el común, el obrero que labura para eso, para comer. Y además, nunca en el negocio y en la vida social, se hizo la menor diferencia. Me enseñaron que la gente no vale por lo que tiene, sino por lo que hace.

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