Autor: Norberto Pirri.

Cuando íbamos al motoasado de Chichinales, descubrí, como pasa generalmente, ciertas cosas que desde otro transporte y seguramente en otras circunstancias, no observas o no las ves con la curiosidad necesaria para querer conocer un poco más.

En este caso, justo en la intersección de la Ruta 22 y la 232 que une a La Japonesa con Chelforo, pegado a las vías del tren, hay un antiguo cementerio.

Cuando llegamos a Chichinales, le comenté lo que había visto a mis compañeros de ruta, Robert, Matías y Nery,  mi interés en detenernos a nuestro regreso, aunque sea para una foto.

Hay algo místico y a la vez espeluznante en los cementerios. Se han contado tantas historias sobre ellos y los fantasmas asociados con ellos que han desatado una curiosidad persistente; ese enigma relacionado con la muerte y la ‘otra vida’, despierta las ganas de hurgar en nuestra imaginación para los que todavía estamos vivos.

Aunque pueda parecer un tema oscuro, existen bastantes cementerios en el mundo que también funcionan como lugares de peregrinación turística.  Pero este antiguo cementerio abandonado, no despierta ningún interés, hasta que lees los epitafios de sus tumbas, como la de Juan Evangelista Lastra, fallecido el 3 de Octubre de 1914  y recordado por su hermano Miguel o la del joven de 16 años, que vaya a saber uno en que circunstancias muriera, en 1916.

Si existía un cementerio en esos años, existía un asentamiento poblacional y si Chelforo es tan viejo, porqué hoy cuenta solo con 70 habitantes? Que fue lo que frenó su desarrollo? Cuál es el futuro? Están condenados a desaparecer?

Resulta que Su nacimiento se remonta a 1879, cuando Julio Argentino Roca encabezó la Conquista del Desierto, y al paso fue creando fortines que posteriormente se transformaron en pueblos y ciudades.

Esta pequeña localidad ubicada a 50 kilómetros al este de Villa Regina, fue en aquellos años un punto de referencia para el comercio y la comunicación. A sólo 20 años del paso de las columnas militares por este territorio, ya contaba con estación del ferrocarril y una estafeta postal.

Luego hubo otro hecho que también posicionó a esta localidad como un punto de referencia para el comercio, al comenzar a ejecutarse el proyecto de navegación del río Negro, donde nuevamente Chelforó fue uno de los puntos en los que las embarcaciones que surcaban las aguas detenían su marcha, no sólo para descargar mercadería, sino también para transportarla hasta la desembocadura.

Y de esa parte de la historia aún quedan algunos vestigios en un campo a pocos kilómetros de la actual planta urbana; con una batea que al parecer tuvo como objeto permitir el desembarco de botes de menor tamaño, y pilotes ubicados en sus proximidades, que habrían servido como base para las maromas en las que se fijaban los barcos que navegaban las aguas del río.

Esas Campañas las financiaban la Corona Británica y algunos terratenientes argentinos y lógicamente luego se pagaban esos servicios financieros, con tierra.

En el caso del Alto Valle y en gran medida también en Valle Medio, la división de la tierra, facilitó el asentamiento de agricultores inmigrantes que produjeron el desarrollo actual. Pero Chelforo, no tuvo esa suerte..  Las 20.000 hectáreas que rodean la población, fue cedida a un terrateniente Sanjuanino, al coronel José Ignacio Garmendia quien tuviera algún parentesco con Domingo F. Sarmiento, y dejó esas tierras para la ganadería y nunca se dividieron pero tampoco les dieron demasiada importancia.

«Estamos condenados a desaparecer pero aunque queremos trabajar la tierra productiva no podemos porque le pertenece a gente que probablemente no sabe que estamos en el lugar», declaró Adrian Lámela, comisionado de fomento.

Las vueltas de la vida, despiertan hoy una nueva esperanza en Chelforo.

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